Recuerdo que en mi primera reunión de Al-Anon quería sentarme atrás y ser invisible. Era un grupo grande, más de 50 personas, en el salón de una iglesia. Los oradores estaban al frente. Recuerdo las risas. No podía comprender cómo personas que sufrían lo mismo que yo podían estar felices, podían reír. Yo llevaba mucho tiempo sin reír y no encontraba nada gracioso en la situación con mi marido. Mientras la gente hablaba, sentí un alivio al saber que lo que ocurría en mi casa no era algo único, que también le pasaba a otras personas y que yo no estaba sola.
Sabía que yo no había provocado ni podía controlar las situaciones que se daban en los hogares de esos desconocidos, así que quizá lo que le estaba pasando a mi familia tampoco era culpa mía y quizá no fuera mi responsabilidad solucionarlo. Recuerdo la amabilidad: las sonrisas de bienvenida, la invitación a tomar un café después de la reunión. Tenía la sensación de que ese grupo conocía mi secreto y no le daba ninguna importancia.
En esa primera reunión sentí una gran sensación de alivio. Yo no podía controlar la adicción al alcohol de mi marido, ni era la causante de ella. Todos mis planes y estrategias para arreglar nuestra situación no habían funcionado y nunca funcionarían. Podía dejar de intentar encontrar una solución. La locura que dominaba mi vida tenía un nombre: alcoholismo.
Me llevó muchos años después de esa primera reunión comprender plenamente los pasos de Al-Anon y encontrar verdaderamente la paz y la serenidad, pero en mi primera reunión encontré esperanza. Eso fue suficiente para que siguiera acudiendo.
Por Anónimo
El Foro, octubre de 2023
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