Nunca olvidaré mi primera reunión de Al-Anon. Esa imagen se me ha quedado grabada en la memoria. Fue en una gran sala del sótano de una iglesia, y había unas 30 personas presentes. La sala estaba pintada de blanco, y las luces del techo iluminaban el espacio aún más. Ese color me llegó al alma; me parecía tan limpio, fresco y tranquilo.

Me ponía nerviosa la idea de conocer a un montón de desconocidos, y no estaba segura de querer que me identificaran como una de «ellos». No recuerdo nada de lo que se dijo, pero sí recuerdo haberme sentido como en casa. ¡Por fin! Qué sensación tan maravillosa: sentirme como en casa, algo que había estado esperando toda mi vida. Nunca me había sentido integrada ni «como en casa» en mi propio hogar mientras crecía con unos padres alcohólicos. Y, sin embargo, reconocí esa sensación de inmediato en cuanto la experimenté. Era una sensación de aceptación total, de aceptación de exactamente quién era yo en ese momento.

En aquella primera reunión, y en muchas otras posteriores, lloré. El primer regalo que recibí de Al-Anon fue el permiso: permiso para decir «no», permiso para ponerme a mí misma en primer lugar y permiso para llorar. ¡Así que lloré! Lloré en todas las reuniones durante dos años, liberando las lágrimas reprimidas que no se me había permitido derramar de niña. Había enterrado todos los sentimientos dolorosos que experimenté al crecer en mi familia alcohólica: vergüenza, miedo, confusión, ira, decepción y mucho más.

Cuando aprendí en Al-Anon que estaba bien tener mis propios sentimientos, estos se desbordaron en forma de lágrimas. Nadie me pidió jamás que dejara de llorar, ni me miró de forma extraña, ni se apartó de mí en su asiento. Al contrario, me dejaron llorar. Estoy muy agradecida de que aquellas personas sabias y maravillosas que estaban en aquella sala supieran que necesitaba desahogarme. Y me sorprendió mucho que me apoyaran durante aquellos primeros años tan dolorosos.

De vez en cuando sigo llorando en las reuniones, cuando me siento abrumada por alguna dificultad personal o cuando un recién llegado describe su confusión y puedo identificarme con su dolor. La caja de pañuelos siempre está a la vista, y siempre hay alguien que me la pasa. Para mí, esa es la definición de «hogar»: un lugar donde puedo llorar y donde me apoyan y me aceptan tal y como soy.

Por Kate A., Míchigan

The Forum, abril de 2024

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