Todavía recuerdo muy claramente mi primera reunión. Por fin había empezado a darme cuenta de que no iba a conseguir que mi marido dejara de beber. Ya había probado todo lo que se me ocurría y decidí que iba a salvarme a mí misma. Encontré una consejera, y no era la primera vez, pero esta estaba familiarizada con el programa y reconoció de inmediato que yo pertenecía allí. Semana tras semana, cuando le contaba algún incidente o enfado, me decía: «¿Ahora crees que necesitas Al-Anon?».

Me resistí con todas mis fuerzas porque sabía que yo no era una de esas personas que se casaban con un alcohólico; ¡me negaba a ser una de esas mujeres! No era una persona sumisa que dejaba que la pisotearan. No era débil. Era capaz de tomar decisiones. ¿Cómo podía haberme casado con un alcohólico? ¿Cómo podía admitirlo?

Pasaron las semanas. La consejera seguía haciéndome la misma pregunta. Finalmente, dije: «Está bien». Iba a ir a una reunión, pero solo para que se callara y dejara de hablar de ese programa.

Había una reunión a las 11 de la mañana, no muy lejos de donde yo estaba, que tendría lugar en dos días. Tenía dos niños en edad preescolar, lo que significaba que tendría que buscar una niñera para poder asistir. Sabía que con tan poco tiempo no sería fácil y, por supuesto, ¡esperaba no encontrar ninguna! Pero la encontré. Mi siguiente dilema era qué ponerme para la reunión. Sabía que era en una iglesia. ¿Eso significaba que tenía que llevar «ropa de iglesia»? Quería integrarme. No quería que nadie se fijara en mí, y podrían hacerlo si no iba vestida adecuadamente.

Recuerdo claramente a una de las mujeres que asistía a esas reuniones, incluso recuerdo su nombre. Dijo que llevaba ocho años acudiendo a las reuniones tres veces por semana. ¡Me horrorizó! ¡Qué terrible tener que hacer eso solo para sobrevivir! Yo no tenía intención de hacerlo, créanme. Lo «entendería» mucho más rápido y terminaría. Pero hoy lo entiendo. Ella seguía viniendo porque quería . Se sentía mejor, sentía esperanza y podía volver a reír. ¡Tenía serenidad! Hoy yo también tengo todo eso, gracias a una consejera persistente que no me dejó permanecer en la negación. Encontré esperanza. Encontré mi hogar.

Por Margaret D., Ohio

El Foro, noviembre de 2020

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