Antes de Al-Anon, mi vida giraba casi exclusivamente en torno al dolor. Mi relación con los miembros de mi familia que padecían adicción había pasado de ser una fuente de frustración a convertirse en una obsesión. Sin darme cuenta, me había construido una prisión en mi mente, en la que estaba convencida de que estaba atrapada y de que nada cambiaría jamás.
Mi madre, que lleva 30 años en el programa, me escuchó quejarme, aunque eso nos restara tiempo para estar juntas. Al final, me dijo: «Pareces una adicta». Solo entonces me di cuenta de cómo mi adicción al control, al juicio, a la autocompasión, a la ira y a la dependencia se asemejaba a los síntomas de la adicción al alcohol.
Encontré una reunión y no he dejado de asistir desde entonces. Desde el principio supe que era allí donde tenía que estar. Sin Al-Anon, mi vida sería horrible y totalmente inmanejable. Hoy en día soy una persona que comparte su experiencia con regularidad en las reuniones y apadrina a otras personas. ¡Ahora tengo una sensación de tranquilidad que no había sentido en décadas!
Por Helena J.
The Forum, mayo de 2026
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