Me despertó la voz de un agente que me decía que acababan de detener a mi madre por conducir ebria. Tenía 12 años. Nunca debería haber tenido que contestar esa llamada.
A mi madre la detuvieron por primera vez cuando yo estaba en sexto curso. Tenía a una amiga en casa para pasar la noche y estábamos esperando a que mi madre volviera con la cena. Esperamos durante horas, pero nunca regresó. La vi conducir por la calle por el lado izquierdo en lugar de por el derecho e inmediatamente me arrepentí de haberle dejado conducir.
Cuando contesté al teléfono y me enteré de que era la cárcel local para decirme que la habían detenido, supe que era culpa mía: si no la hubiera dejado conducir; si no hubiera querido pedir comida para llevar; si hubiera sido más amable con ella… Me inventaba excusas, culpándome siempre a mí misma. Nos suplicó que pagáramos su fianza, pero mi padre estaba fuera de la ciudad. Dijo que lo sentía mucho y preguntó por qué la habíamos dejado conducir estando borracha. Todo lo que hacía era culpa nuestra.
Aquella noche no pude dormir, sabiendo que yo era la razón por la que la habían detenido. El alcohol era solo algo que tomaba de vez en cuando: una copa de vino mientras preparaba la cena. Cuando volvió a casa tras pasar la noche en la cárcel, estaba muy deprimida. Se negaba a reconocerse como alcohólica, así que nos ocultaba el alcohol y solo bebía lo justo para sentirse un poco mareada. No quería emborracharse por diversión. Utilizaba el alcohol como una forma de bloquear los malos sentimientos. Mi padre estaba desconcertado, sin saber cómo hablar con ella. Así que ella bebía. Yo desarrollé un caso de ansiedad social extrema y me daba miedo ir a lugares concurridos o hablar con otros amigos. Así que ella bebía. Creamos una realidad falsa. Intentábamos disimularlo escondiéndonos tras las paredes de nuestra casa para que nuestros vecinos y familiares pensaran que éramos una familia perfecta.
Las cosas no mejoraron. Mamá seguía escondiendo el alcohol por toda la casa. Mi padre se mudó al despacho, que convirtió en un dormitorio. No hablábamos de nuestros problemas porque nos daba miedo admitir que necesitábamos ayuda. Éramos una familia destrozada, y todos sabíamos que era por culpa de su alcoholismo, pero no podíamos culparla.
Mi padre investigó sobre la enfermedad y nos habló a mi hermano y a mí de los efectos del alcoholismo. Encontramos unos grupos de apoyo llamados Al-Anon y Alateen, dirigidos a familiares de alcohólicos. Yo tenía 14 años por aquel entonces. Le pregunté a mi padre por qué teníamos que ir, si era mi madre la alcohólica. Me convenció para que fuera y decidí darle una oportunidad.
Cuando entré por primera vez en Alateen, vi rostros distantes y asustados de personas igual que yo. Podía ver en sus ojos que habían pasado por muchas cosas. Al escuchar sus historias, conocí experiencias personales de padres que consumían drogas, padres maltratadores, niños que habían presenciado violaciones y muchas historias de divorcio. Tuve suerte de que mis padres siguieran casados, a pesar de lo difícil que era lidiar con el problema de alcoholismo de mi madre. Sabía que, si no apoyábamos a mi madre, podría estar viviendo sola en algún lugar en condiciones mucho peores.
Me sorprendió lo mucho que compartí en mi primera reunión de Alateen. Me había guardado muchas cosas y no pensaba que fuera a desahogarme tanto. Todos me escucharon. Me respondieron: «Estoy aquí para ti», y muchos miembros me dieron sus números de teléfono y me dijeron que les llamara si alguna vez necesitaba algo. Me gustó que no importara que la chica que estaba compartiendo fuera popular y la capitana del equipo de animadoras de mi colegio. En Alateen, todo es anónimo, así que nada de lo que se comparte en la sala se repite fuera de ella. Me sentí segura y libre para compartir por fin lo que sentía por mi madre.
Mi madre accedió a acudir a las reuniones de Alcohólicos Anónimos tras su segunda condena por conducir bajo los efectos del alcohol. Vivir sin carné durante seis meses le resultó difícil, y tenía miedo de que le impusieran una tercera condena y de perderlo durante un periodo más largo. Volvió a casa llorando después de su primera reunión. Yo estaba muy confundida. No entendía por qué esta enfermedad hacía que la gente se pusiera tan emotiva. Pensaba: «El alcoholismo no es como el cáncer. No se está muriendo. No tiene un tumor». Ella me dijo que tenía un circuito en el cerebro que la hacía adicta al alcohol. Era algo que se daba en nuestra familia y que seguiría afectándonos a mi hermano y a mí.
Cuando ingresó en el centro de rehabilitación del hospital local, mi padre, mi hermano y yo asistimos a las reuniones familiares que se celebraban allí. Conocer en profundidad la enfermedad nos ayudó a comprender por lo que estaba pasando. Nos sentimos más comprensivos al saber que no teníamos ningún control sobre ello, al contrario de lo que pensábamos al principio.
Ahora, seis años después de contestar aquella llamada que no solo cambió mi vida, sino también la de mi madre, me enorgullece decir que Alcohólicos Anónimos, Alateen y Al-Anon han funcionado para mi familia. Hoy en día no sería tan comprensiva, cariñosa y atenta con mi madre si no fuera por estos grupos. Seguiría culpándome a mí misma y buscando formas de ocultar el secreto de mi familia.
He aprendido lo común que es el alcoholismo. Según las estadísticas, uno de cada cinco estadounidenses adultos ha crecido con un progenitor alcohólico. Aunque mi madre no está curada de esta enfermedad, y quizá nunca lo esté, está en el camino de la recuperación, y yo la apoyo. Hay un dicho en Alateen que me ayuda a superar cada rehabilitación, reunión de grupo, salida familiar, episodio de ansiedad o cualquier otra cosa en mi vida: «Un día a la vez». Seguiré viviendo mis días «un día a la vez» y disfrutando del momento, porque nunca se sabe lo que nos deparará el mañana.
Por Courtney E.
The Forum, abril de 2016
Te agradezco de corazón que hayas compartido tu experiencia. Puedo identificarme con esos mismos sentimientos de culpa y vergüenza que yo misma sentí de niña, al crecer en un hogar en el que se acumulaban objetos. ¡Me alegro mucho de que Alateen te haya proporcionado un espacio seguro!