Hace años, entré en Al-Anon. Había agotado todas mis ideas y mi energía intentando vencer el alcoholismo de mi marido, que yo consideraba una debilidad de carácter. Intenté mantenerlo en secreto entre nuestras cuatro paredes. Perdí el ánimo cuando, para mi disgusto, él mostró públicamente un comportamiento ebrio e incontrolado. Mi hija, que estudiaba medicina, me comentó que, si necesitaba ayuda, podría encontrarla en las reuniones de Al-Anon. Dudé, y la espera se me hizo insoportable.

Mientras tanto, mi marido fue perdiendo poco a poco la esperanza de lograr la sobriedad por sí mismo. Siguiendo el consejo de uno de sus amigos sobrios, ingresó por voluntad propia en un programa de rehabilitación. No aguantó ni siquiera dos semanas. Me suplicó que le dejara volver a casa y luego recayó. Fue entonces cuando empecé a asistir a las reuniones de Al-Anon. Conseguí un padrino y perseveré en aplicar los Pasos y los lemas. Seguí pasando muchas noches en vela, entre lágrimas y preocupaciones, pero, con el tiempo, empecé a mirar a mi marido con compasión, viéndolo como una persona indefensa atrapada en una botella. Empecé a aceptar el alcoholismo como una enfermedad. La niebla que nublaba mi mente empezó a disiparse. Encontré a mi Poder Superior en las salas de Al-Anon y pedí orientación cada día para superar cada reto.

Creo que el hecho de cambiar mi actitud y centrarme en mí misma contribuyó a que él lograra por fin mantenerse sobrio. Hoy en día, sigo asistiendo a las reuniones de Al-Anon, tanto de forma virtual como presencial. ¡Gracias a esta comunidad mundial, nos va de maravilla!

Por Anónimo

The Forum, mayo de 2026

 

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