Fui a mi primera reunión de Al-Anon porque quería desesperadamente ayudar a mi hija. Lo había intentado todo y era mi último recurso. Allí había un pequeño grupo de personas hablando y riendo. Finalmente, comenzó la reunión. Como estaba en estado de shock, las palabras me parecían indistintas hasta que escuché las palabras: «Mi hija».
Me eché a llorar porque no me había dado cuenta de la profundidad de mi desesperación, y unos instantes después, rompí a llorar desconsoladamente. Alguien me había tendido una caja de pañuelos, pero nadie intervino cuando seguí llorando durante los siguientes cuarenta y cinco minutos; parecía que no podía parar. Sintiéndome completamente humillada, tuve que hacer acopio de todas mis fuerzas para permanecer en mi silla hasta el final de la reunión y no salir corriendo de la sala.
Pensaba que, avergonzados, todos iban a hacer como si yo no estuviera allí. En cambio, varios miembros se acercaron a mí, me sonrieron y me cogieron de la mano. Dos mujeres me preguntaron si necesitaba un abrazo. ¡Lo necesitaba mucho! Me dijeron: «¡Vuelva!».
Me di cuenta de que los miembros de este grupo comprendían mi sufrimiento, que sentían simpatía y compasión por mí y que querían ayudarme. ¡Me querían, y eso era exactamente lo que necesitaba!
Vivian M., Florida