Los últimos seis años de mi vida han sido una montaña rusa, tanto física como emocionalmente. A veces, he tenido la sensación de estar sola contra el mundo. Me he sentido enfadada, confundida y, la mayor parte del tiempo, muy sola. Hace aproximadamente un mes, decidí empezar a asistir a Al-Anon.
Fui a las reuniones buscando respuestas a todos mis problemas. Esperaba que alguien me dijera qué tenía que hacer. Lo que encontré fue mucho mejor. Encontré a un grupo de personas que sabían por lo que estaba pasando, sin haberme conocido nunca antes. Yo hablaba y ellos escuchaban. Nunca me dieron su opinión sobre lo que debía hacer, simplemente escuchaban. ¡No estaba sola! A mi vez, me senté a escuchar sus historias y encontré el consuelo y la esperanza que creía que nunca volvería a sentir.
Ahora, si hay un día en el que no puedo controlar mis pensamientos o mis ansiedades, busco una reunión a la que acudir. Hay por todas partes. Y en una hora más o menos, me siento mejor. Desde que me he visto afectada por el alcoholismo y la adicción de un ser querido, sigo mi camino en Al-Anon. Al principio resultaba intimidante entrar en una sala con gente que no conocía —y mucho menos compartir algunos de mis pensamientos y sentimientos más íntimos—, pero me ayudó. Hay tres cosas que he aprendido en Al-Anon y que me repito a menudo: 1) que el alcoholismo no es culpa mía; 2) que no puedo controlar las decisiones de los demás; y 3) que no estoy sola.
¡Al caminar junto a personas que se preocupan por mí y por mi recuperación, puedo aguantar y ser fuerte!
Bpor Ben D.
The Forum, septiembre de 2022
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