Hace muchos años, escuché en una reunión: «No tienes por qué acudir a todas las peleas a las que te inviten». Como soy una persona muy visual, siempre me lo he imaginado como una elegante invitación que me ofrecen en una bandeja de plata. Algunos días, la rechazo con elegancia; otros, la acepto sin pensarlo dos veces y reacciono de forma impulsiva.

Hace poco, mientras reflexionaba y rezaba para que mi Poder Superior me ayudara a no reaccionar ni responder, me vino a la mente una imagen diferente. Era la imagen de las arenas movedizas. Cuando mi marido dice algo que me altera, veo aparecer ante mí una zona de arenas movedizas. Al igual que con la invitación, tengo la opción de rodear las arenas movedizas o lanzarme a ellas. Esta vez, decidí lanzarme. Cuanto más hablaba, explicaba, me defendía o rebatía, más me hundía en las arenas movedizas. Por mucho que lo intentara, no conseguía liberarme ni salir. Antes de darme cuenta, el tema central de la conversación y lo que intentaba expresar se habían perdido por completo. Yo también estaba completamente perdida, engullida por las arenas movedizas. Mientras tanto, mi marido simplemente siguió con su día.

Hoy en día, cuando me cuesta no reaccionar, intento tener presente la imagen de las arenas movedizas y la decisión de si lanzarme a ellas o no. El mayor reto es hacer una pausa de cinco segundos para pensar antes de hablar. Algo dentro de mí me empuja a precipitarme porque necesito defenderme, expresar mi opinión, aclarar algo o poner las cosas en su sitio. En otras palabras, o bien necesito que me escuchen o bien necesito tener razón. Pero, ¿«qué importancia tiene?»

Con la ayuda de mi Poder Superior, espero y rezo por poder optar por la serenidad, evitar las arenas movedizas, mantener la calma y seguir con mi día en paz.

Por Maureen B.

The Forum, mayo de 2026

 

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