«Aprendí a cuidar de todo y a guardar los secretos de la casa».
Durante tantos años me guardé para mí la verdad. Cuando mi padre se marchaba de casa para ir a trabajar, mis tareas consistían en barrer los cristales rotos de la noche anterior, vaciar los vasos pegajosos y subir las persianas para que entrara la luz de la mañana y el aire fresco. Mientras mi madre dormía, yo iba andando al colegio con los ojos legañosos y tensa.
Aprendí a cuidar de los míos y a guardar los secretos de la casa. Tal y como me enseñó mi madre, nunca debía contarle a nadie lo que ocurría a puerta cerrada. Obedecí hasta que llegué a Al-Anon y descubrí que escuchar a otras personas compartir con valentía sus historias me daba el valor para hacer lo mismo.
Mis primeras palabras, pronunciadas lentamente, comenzaron a desentrañar mi pasado. Tras asistir a muchas reuniones en las que conocí a otras personas y ellas me conocieron a mí, sentí un alivio cada vez que me tocaba hablar. Me liberé de los secretos del pasado y dejé que la ayuda y la sanación sustituyeran al miedo y la represión. En Al-Anon, descubrí una nueva forma de vivir en compañía de amigos que compartían su honestidad y esperanza.

Elizabeth F., Massachusetts