«Aprendí a cuidar de todo y a guardar los secretos de la casa».
Durante tantos años me guardé para mí la verdad. Cuando mi padre se marchaba de casa para ir a trabajar, mis tareas consistían en barrer los cristales rotos de la noche anterior, vaciar los vasos pegajosos y subir las persianas para que entrara la luz de la mañana y el aire fresco. Mientras mi madre dormía, yo iba andando al colegio con los ojos legañosos y tensa.
Aprendí a cuidar de los míos y a guardar los secretos de la casa. Tal y como me enseñó mi madre, nunca debía contarle a nadie lo que ocurría a puerta cerrada. Obedecí hasta que llegué a Al-Anon y descubrí que escuchar a otras personas compartir con valentía sus historias me daba el valor para hacer lo mismo.
Mis primeras palabras, pronunciadas lentamente, comenzaron a desentrañar mi pasado. Tras asistir a muchas reuniones en las que conocí a otras personas y ellas me conocieron a mí, sentí un alivio cada vez que me tocaba hablar. Me liberé de los secretos del pasado y dejé que la ayuda y la sanación sustituyeran al miedo y la represión. En Al-Anon, descubrí una nueva forma de vivir en compañía de amigos que compartían su honestidad y esperanza.
Elizabeth F., Massachusetts
«Cada vez que me tocaba hablar, sentía un gran alivio. Me liberé de los secretos del pasado y dejé que la ayuda y la sanación sustituyeran al miedo y la represión».
Estoy deseando que esto suceda; ya ha empezado y, la verdad, casi siempre me paso toda la reunión llorando… Creo que pronto me atreveré a hablar.
¡Gracias por compartirlo! Ojalá todo el mundo compartiera sus historias, aunque fuera de forma anónima, para que quizá alguien pueda leerlas y le lleguen al fondo del corazón, y le den esperanza, valor y sentimientos positivos que le ayuden a seguir adelante en una dirección positiva…