Mi pareja y yo asistimos a una reunión de Al-Anon por primera vez hace poco más de un año. Fuimos recibidos por personas amables y vimos un rayo de esperanza. A pesar de nuestra hija alcohólica, del caos de nuestra situación familiar y de nuestros repetidos esfuerzos por encontrar una solución a nuestros problemas, sentimos calidez y aceptación. Estábamos en un lugar seguro, entre personas que comprendían el impacto de la enfermedad del alcoholismo en la familia. No pudimos evitar fijarnos en la paz y la serenidad que algunos de los miembros más antiguos del grupo parecían reflejar en sus rostros y nos preguntamos si sería posible alcanzar esa misma alegría en nuestras vidas.
Ha pasado un año lleno de retos y pequeñas victorias. El tiempo y la puesta en práctica del programa han marcado una gran diferencia. Lo que me llamó la atención es que, al igual que nosotros, los demás recién llegados que asistían a nuestra reunión parecían tristes y abatidos. Como mi pareja y yo habíamos pasado por la misma situación abrumadora, lo recuerdo muy bien y comprendía perfectamente su desesperación y su deseo de encontrar esperanza.
Al conocer a algunos de estos recién llegados y después de compartir nuestra historia personal de recuperación, nos dimos cuenta de que la paz y la esperanza habían prevalecido sobre la desesperación en nuestras vidas.
Habíamos progresado. Trabajar en el programa, meditar, leer las recopilaciones de lecturas diarias y encomendarnos a Dios tal y como lo concebimos fueron elementos clave en nuestra recuperación.
Hemos descubierto que es cierto que «no hay situación demasiado difícil para mejorarla» y que la alegría y la serenidad están al alcance de todos, «un día tras otro».
Por Nikki H., Ontario
El Foro, febrero de 2016
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