Una enfermedad que provoca pérdidas
«Mi primer marido murió de alcoholismo, pero no lamenté su muerte tanto como el fracaso de nuestra relación y de mis sueños de amor, mi felicidad y ese «hasta que la muerte nos separe» que nunca se hizo realidad. Durante años me lamenté con ira, resentimiento y los «¿por qué a mí?», sin comprender que la enfermedad del alcoholismo había sido el verdadero problema. Esta enfermedad puso fin a nuestra relación y a la vida de mi marido».
Los efectos del alcoholismo se infiltran en nuestras relaciones y pueden agravar nuestro dolor. Estamos de luto por nosotros mismos, por nuestros sueños y por nuestras familias. Si tenemos hijos pequeños, es posible que ya estén sufriendo las consecuencias de crecer en un hogar afectado por el alcoholismo. Aunque los hijos ya no convivan con el alcoholismo activo, sus vidas seguirán viéndose afectadas. Puede que se aíslen, se culpen a sí mismos, tengan problemas en el colegio o se comporten de forma negativa. Es posible que nuestros hijos mayores también carguen con el doloroso peso de la enfermedad familiar hasta su edad adulta. Las mismas características que en su momento les ayudaron a sobrevivir pueden, más adelante, provocar problemas en las relaciones con familiares, amigos y compañeros de trabajo. Podría resultarles difícil tomar decisiones. Es posible que tengan que lidiar con el miedo y la angustia o que les resulte difícil mantener relaciones íntimas. A menudo se casan con personas alcohólicas o se convierten ellos mismos en alcohólicos.
La convivencia diaria con el alcoholismo merma nuestra autoestima. Cuando llegamos a Al‑Anon, nos sentimos perdidos. Es admirable ser considerado con los demás y prestar atención a sus necesidades, pero no a costa de nuestro propio bienestar. Poco a poco, quizá hayamos descuidado nuestras propias necesidades al dedicar todo nuestro amor, atención y cariño a los demás. No sabemos muy bien cómo hemos llegado a esta situación.
«Me di cuenta de que no solo había perdido el control que creía tener, sino que me había perdido a mí misma. Con mi comportamiento, alimentaba la adicción que quería eliminar. Al‑Anon me ayudó a asumir la parte que me correspondía en la pesadilla que estaba viviendo y me dio las herramientas que me permitieron despertar y empezar a vivir la vida según sus condiciones, no según las mías. Hoy puedo mirarme al espejo y saber que estoy recuperando lo que perdí en su momento: a mí misma».